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Aquí algunos textos en los que a veces desembocan mis ganas de escribir….son todos los que están, aunque no están todos los que son. Y seguro habrá más….
Vísperas

Hay vísperas que sangran,
vísperas que atizan y vísperas que duelen,
también hay vísperas que mueren y las hay que se eternizan…
hay vísperas que escuecen en las prisas y hay risas que en las vísperas suelen perecer,
hay vísperas que atormentan y vísperas que allanan senderos cautivos,
hay vísperas que tuercen el gesto cuando anuncian vísperas que gesticulan torcidas,
hay vísperas que dejan de serlo justo en la víspera,
hay vísperas que quitan el sueño,
hay vísperas para la esperanza,
la misma que es víspera de la justicia,
hay vísperas ansiadas, como ésta en que respiro….

Te respiro

Es tu nombre,
estandarte del triunfo
y caminas dando envidia a las estrellas
con tus ojos “devorando claridad”
y me ciega,
fiel destello de tus manos dibujando el aire
el reflejo sincero de tu alma, tu esperanza viva,
desnudando mi amistad,
tu voz, dulce como un sueño,
tu acento, decorado andaluz,
grito de ángel en libertad,
tus pies descalzos sobre el estrecho mundo,
navegando mares, escalando montañas,
asombrando al Sol y a la Luna
con tu sonrisa viva,
cabalgada sobre tus labios
dulces, tiernos, besándote a placer,
tu vida
¡aire de libertad!,
zarandeando mis sueños con tu mirada rasgada,
soy el mar,
tú la sal descansando en mi orilla,
y me respiras tú
y te respiro

Cuando escribo

Cuando escribo, a veces pienso,
que ni siquiera podrán superar mis verdades las que escribo;
que ni siquiera sabrán desnudar mis temores los que describo;
que ni siquiera, aún, las verdades y los temores,
serán escritas ni descritos como sentí que lo haría al pensar en hacerlo…

No es la cosa (texto incluido años después en la canción Relatividad)

No es la cosa como la cosa es, la cosa es como la quieras ver;
y es que tú, cuando la miras, piensas que la cosa es cierta,
y no es verdad;
la cosa es cierta sólo en su mitad,
en la mitad que ves con el color que sueles mirar tus mitades,
siendo cierta, sólo a veces, la mitad que no sueles ver;
es por eso, cosa de dos mitades, que conforman una mitad mayor que,
aún siendo totalidad para algunos,
no deja de ser la mitad
que el color del cristal con que sueles mirar tus mitades,
te impide ver…

Desaprender

Desaprender
escapar del calor cómodo y cobarde la piel dormida
detener la noria que gira
sorda y ciega
impermeable
violenta
herida en al sien
dormida

Mis zapatos

Escribo, sí,
porque escribir es respirar,
Desangrar la suela de mi zapato
Arrugar la frente y mirar de perfil
Detener el tiempo para pasar el rato
Y pagar el pato ocupándome sólo de mí
Es llenar los pulmones, atar los cordones y apretar el paso
Es abrigar la voz y sonreir
Es lamer las sobras de vida que quedaron sobre el mantel
Arrugado y furioso
Y caminar,
escribir es simplemente caminar
Caminar descalzo
Empeñarse en saborear cada huella
Como si fuera el último dibujo posible
Que este tiempo enrarecido
Y mi aliento cansado
Me concedieran

El ombligo del trovador (artículo publicado en Cantautores del Mundo, 2004)

Cuánto de peligroso resulta, en cualquier aspecto de la vida, creerse el ombligo del mundo, el centro del universo conocido y de alguno más allá. Cuánto de peligroso resulta reclamar constantemente para sí la atención que, por sentido común, incluso por educación, corresponde de manera más o menos proporcional a todas y cada una de las personas que, de una u otra forma, aportan su granito de arena a engrandecer algo tan hermoso como la música, la canción. Una vez más, parece haber algunos empeñados en hacer cierto ese dicho popular de que el sentido común es el menos común de los sentidos, aunque, afortunadamente, en este mundo de trovadores y trovados, salvo raras excepciones, impera el sentido común.
Así, últimamente, me dí de bruces con alguna de estas excepciones que confirma la regla; algún personaje de esos que, lejos de convivir decente con la modestia, le da constantemente patadas en el trasero para evitar tenerla cerca. Alguien tan ingenuo que dice en voz alta que, porque la gente le acompañó con palmas en sus canciones, él conectó más con ellos de lo que pueden conectar otros con su voz, un piano o una guitarra, que consigan estremecer y casi paralizar a cada uno de los presentes.
Sinceramente, muchos otros y yo, preferimos conectar con otro tipo de trovador, con ese que día a día, concierto a concierto, demuestra por aptitud y por actitud, ser grande, llenar locales mayores o menores, nada más y nada menos que con su música, dejando a su ego sin entrada para ese espectáculo que nos brinda al resto de los mortales.
Silvio nos lo contó en “La escalera”; aquí, ya sabemos que el saber popular dice que cuanto más arriba, más grande puede ser la caída. Espero que no, espero que, si es lo que pretende, este personaje llegue arriba y no se caiga jamás; incluso puedo imaginar que esa actitud le puede ayudar a llegar a tocar ese mundo del mercado, las discográficas y las listas de ventas; si es lo que desea, adelante. Este personaje y yo, coincidimos en una sóla cosa; creemos saber quién es, aquí, entre nosotros, el número uno, el más grande, muchos coincidimos en eso, es Joaquin Calderón, es sevillano, para desgracia de los que alimentan absurdos complejos con esta ciudad y, de él, de éste trovador, debería intentar admirar muchas otras cosas a parte de su indudable aptitud para la música, su actitud, con mayúsculas, la humildad de no creerse el ombligo de ningún universo. Ejemplos como éste nos hacen a muchos aprender, nos hacen tener la certeza de que esto consiste en mucho más que tener una potente voz y revolucionar con palmas a los que vienen a escucharte. Nos hacen preferir a ese que revoluciona los corazones, mientras que nuestros culos permanecen sentados, nuestras manos quietas y nuestros estómagos encogidos.

Antonio Amuedo, enero 2004

Mi amigo también es cantautor (artículo publicado en Cantautores del Mundo, 2004)

Debió ser la primavera de 1997, en la Facultad de Magisterio, esa que ahora creo que se llama de Ciencias de la Educación, en Sevilla. Recuerdo que él me había invitado a ir a verle, cantaba esa tarde allí, en aquel casi inhóspito lugar, delante de una de esas pizarras hermanas gemelas de aquellas, junto a las que siempre nos temblaban las piernas cuando, de pequeños, los profesores de los Salesianos de Alcalá, nos hacían salir a resolver algún problema.
Sin embargo, allí estaba él, subido en aquel escalón, de aquella fría aula de la Facultad donde estudiaba, donde se preparaba para ejercer la que siempre fue su vocación, la de enseñar. Y, aunque quizás no fuera consciente, en aquel momento también estaba enseñando, al menos a mí, a mí que le conocía desde pequeño, desde primero de EGB, sin haber nunca llegado a ser mucho más que compañeros de clase; a mí, que en los últimos años había compartido con él mucho más que en nuestra infancia de colegio, entre acordes de guitarra y canciones de Silvio. Aquel día yo aprendí, sorprendido, el valor que derrochaba mi amigo en aquel improvisado escenario, a plena luz del día, mucho más difícil, os lo puedo asegurar, que subirse al escenario de cualquier teatro.
Por aquel entonces, ya hacía años que yo andaba tonteando con la guitarra y mis primeras pseudo-canciones, pero nada serio. Por supuesto, me sentía absolutamente incapaz de subirme a cantar delante de personas a las que no conocía, incluso delante de muchas a las que conocía; exceptuando, claro está, el coñazo que le daba a mis padres y mis vecinos más o menos habitualmente.
Fue aquel día, en aquel lugar, cuando sentí por primera vez envidia, sana, aunque no sé si alguna lo es, de cualquiera que fuera capaz de mostrar así su música, sus sentimientos, a los demás, sin pudor o, al menos, intentando disimularlo en lo posible.
Pasó, al menos, año y medio, hasta que encontré, con algún empujón, necesario por otra parte, la fuerza suficiente para subirme al escenario del Teatro Gutiérrez de Alba a cantar con mis amigos, ante bastantes personas a las que no conocía; y, precisamente, guardo un grato recuerdo de aquel día, de aquella primera vez, de aquella canción con la que abrimos el concierto, era “De la ausencia y de ti”, de Silvio, y allí estaba yo, y allí estaba él, juntos abrimos aquella noche el espectáculo, por llamarlo de alguna manera. Me dio fuerzas para hacerlo tenerle a él cerca, con sus experiencias anteriores, además de mi amigo Ismael que nos acompañaba con su guitarra.
Después de aquello vinieron muchas veces más; el inolvidable Cuba Va, el disco y la presentación de Dupai Trovadores, la casa de la cultura, la gira con la diputación, e innumerables ratos de risas y momentos de tensión en los ensayos. Buenos recuerdos.
Pasó el tiempo, todo aquello dejó paso a cada uno por separado, Dupai se disgregó, cada uno se fue por su lado, los demás amigos que formaron parte del proyecto siguieron ligados a la música más o menos, yo me separé por completo de ella hasta casi abandonar mi guitarra en un rincón; y él se fue a vivir y trabajar, a enseñar, a Arcos de la Frontera, en Cádiz. Nos veíamos todos muy de vez en cuando, pero, recordábamos lo pasado, con lo bueno y lo malo que tuvo.
El pasado mes de abril de 2003, yo andaba en los preparativos de mi boda que se celebraría el día 12 de ese mes; cuando el día 11, un amigo común me da la desagradable noticia de que mi amigo, el protagonista de esta historia que os cuento hoy, hacía pocas horas que había estrellado sus sueños contra un Audi en la carretera que une los pueblos de Bornos y Arcos, cuando regresaba a su casa tras compartir un rato con unos compañeros.
En aquella carretera, con 31 años y mil sueños por cumplir, ese chaval que compartió con nosotros tantos buenos ratos, tantas canciones, tantas risas; ese, que me mostró el valor de cantar mirando a los ojos a gente que no conocía, nos había dejado para siempre. No importaron entonces, aquellas ganas de compartir canciones, aquellas ganas de enseñar, aquella infancia de colegio cristiano, nada importó.
A mí si me importa que, aquel fatídico día de la pasada primavera, como hiciera en aquella otra lejana primavera de 1997 en su Facultad de Magisterio, mi amigo me volvió a enseñar algo; que la vida es demasiado valiosa, para andar desperdiciando los momentos que nos brinda; para andar perdiendo la oportunidad de abrir el corazón a los demás en cada canción, mientras el Dios que a los dos nos intentaron inculcar en nuestra infancia nos permita hacerlo.
Por eso, desde este privilegiado espacio que se me ofrece en Cantautores del Mundo, he querido recordar a mi amigo, he querido que todos los amantes de esta música, que fue una de sus pasiones, sepáis de su existencia, sepáis que, como todos los que aquí aparecemos y muchos que aparecerán, mi amigo Luis Miguel Díaz Mancha también es cantautor.

Salud.

Antonio Amuedo, enero 2004

Este absurdo sofá (Publicado en "El duelo" - Club de Escritores - 2014)

Los restos de migas junto a la pata del sofá hablan bien a las claras de lo sucedido a lo largo de estos últimos 365 días, feroces, interminables, destructivos hasta un punto que no habría podido imaginar jamás….bueno, imaginar sí, porque para ese no parar quieta siempre estuvo eficaz esta mente mía, metomentodo, trasnochadora, casi nunca sospechosa y siempre culpable de ser capaz de lo mejor y lo peor, de construir el más hermoso de los finales felices y caer, en barrena, hasta estrellarse en las antípodas de ese bonito relato, para acabar fraguando, con nocturnidad y alevosía, cada detalle de los más terribles momentos que la mayoría de las mentes que nos rodean jamás pudieran siquiera llegar a plantearse…..no por incapacidad, sino por no estar poseídas por alguien tan “tocapelotas” como yo siempre he sido…..porque sí, yo siempre he sido un tipo bastante “tocapelotas”, no con los demás, que también a veces, sino conmigo mismo….o qué cabría pensar de alguien que, desde pequeño, tiene un extraño pensamiento que no acaba de concretar nunca entre saber si está dentro de sí o….. bueno, no puedo explicarlo, por eso jamás pude concretarlo, pero es jodido, porque no sé dar respuesta a una pregunta que no logro terminar de formularme…..y ya no creo que nunca lo haga…..aunque eso, a día de hoy, me importa un carajo…..como las migas de pan que las hormigas, con su siempre admirable y envidiado desfilar, ya se están encargando de distanciar de la pata de este absurdo sofá…..

Recuerdo que, cuando hace unos años, muchos, nunca demasiados….. María y yo, compramos nuestro primer sofá, tuvimos un conflicto con la dependienta de la tienda con motivo de la garantía de diez años que anunciaba su etiqueta a bombo y platillo, la chica decía que eso era sólo para un defecto de fabricación y nosotros, “tocapelotas” ambos, porque ya lo dice el refrán, “dios los cría y ellos se juntan”, insistíamos en que no tenía sentido tardar diez años en darnos cuenta de un puto defecto de fabricación….más aún teniendo clara nuestra intención, bueno, la intención de Maria principalmente, ya por aquel entonces, de tener pronta descendencia capaz, sin duda alguna, de poner a prueba, más temprano que tarde, la calidad de fabricación del susodicho “tres plazas”.

No es que la chica en cuestión de la tienda de muebles mereciera nuestra descarga de ira….. aunque, pensándolo bien, un poco quizá sí, porque era engreída para aburrir….la muy estúpida….. sino que, recordarlo ahora, tanto tiempo después, y tras todo lo ocurrido a lo largo de mi vida, me hace confirmar, esa del sofá, como una más de las múltiples anécdotas que algún día podría contar a mi nieto, como muestra de la meticulosidad y perfeccionismo casi enfermizo del papá de su papá…..

La verdad es que, realmente, creo que cada vez que me paré a pensarlo en todos estos años, estuve de acuerdo conmigo en que ese afán, que ahora entiendo, por fin…. y por la fuerza, claramente excesivo, de hacer de los detalles de las cosas más o menos cotidianas algo extremadamente importante, de procurar tenerlo todo controlado, de querer prever para prevenir cada segundo, anteponiendo el futuro al presente en tantas y tantas ocasiones y circunstancias…. ese absurdo quehacer no era nada sano, no lo fue antes y mucho menos después de ser padre, cuando todo cambió….. y, como decía, creo que siempre estuve de acuerdo, quizá ahora más que nunca, y quizá ahora demasiado tarde, en que ese comportamiento fue aprendido, yo viví eso desde pequeño en el ejemplo de mi papá, un buen hombre, un buen padre, que vivió con nosotros hasta el final, teniendo la suerte él y yo de estar juntos a diario…un buen padre, decía, que igualmente “heredó” del suyo esa meticulosidad y esa ansiedad constante, ese interés inconsciente e ineludible por pre-ocuparse en lugar de ocuparse de cada segundo de vida, seguro que con la admirable intención de hacer mejor su labor paternal y “proteger” a sus seres queridos y a él mismo de cualquier mal potencial, anteponiendose, previendolo, preocupándose por el futuro sin disfrutar del presente…algo, sin duda, absurdo, como el pensar que aquel primer sofá soportaría el paso del tiempo peor que nosotros mismos…

Recuerdo ahora, como si fuera ayer, una tarde en la que, siendo adolescente, incluso ya rondando la mayoría de edad, al volver a mi casa con un amigo, advertí que mis padres no estaban en ella…y yo no tenía llaves…en aquella época no existían los móviles y esa dependencia que tuvimos después de ellos y de la seguridad, relativa, que nos aportaba el poder utilizarlos para tener “controlados” a nuestros seres queridos…por eso el tiempo pasaba aquel día desconcertante y muy lento mientras mi amigo y yo esperábamos en el escalón de casa la vuelta de mis progenitores. Esa tarde noche acabé llorando desesperado convencido de que, cada segundo que pasaba, dejaba más a las claras que a mis padres les debía haber pasado algo terrible que impediría que nunca más volvieran a casa y que, con eso, me convertirían irremediablemente en huérfano desde aquel terrible momento… no hace falta decir que nada de eso ocurrió y ellos volvieron a casa “sanos y salvos” un rato después, absolutamente ajenos a mis absurdos desvaríos…bueno, ajenos no, porque yo les hice partícipes de mis penas con lágrimas aún en los ojos, y ellos lo entendieron, mi padre por ser como yo y mi madre por haberlo vivido de cerca, en él, durante la mayor parte de su existencia.

Parece que, a estas alturas, y si alguna otro miga rebelde no lo impide, las hormigas han terminado su trabajo, minucioso y concienzudo, porque la pata de mi sofá, triste monoplaza, y sus alrededores, están despejados y no parece que haya atisbos de “moros en la costa”.

Realmente, ahora que ando tan jodido, ahora que casi todo carece del más mínimo sentido, ahora que debería no tener ganas de seguir viviendo, ahora, paradójicamente, es cuando estoy encontrado el sentido a todo lo que ya perdí, estoy comprobando cómo las cosas debí hacerlas, pensarlas y, sobre todo, sentirlas de otra manera y quizá, de haberlo hecho, todo lo ocurrido podría vivirlo de forma diferente y resistirlo, que es de lo que ahora se trata, de resistir, aunque no quede demasiado tiempo…

Ahora recuerdo claramente cuando, hace mucho, me planteé qué ocurriría, si alguna vez fuera padre, con esa preocupación constante por adelantarme al futuro y el continuo “sinvivir” y “malvivir” que eso provocaba…y me dió miedo, mucho miedo, porque pensé que trasladaría irremediablemente eso a mis hijos y haría que heredaran esa “tradición” familiar, para su pesar y su penar, como yo lo hice de mi papá y él de mi abuelo… por eso me resistí siempre a ser padre, aún siendo algo que deseaba tanto desde que tuve uso de razón y, por eso, ahora lo tengo claro, mi hijo no había sido buscado ni fue nunca realmente deseado, así de real, así de triste, jamás fui capaz de tomar la decisión valiente de querer ser padre con todas las consecuencias y mi cobardía impidió que su existencia y la mía fueran plenas, como todas las existencias merecen ser.

Lo más lamentable es que, en esta terrible coyuntura en la que me sumergió la vida hace 365 días, no dudaría un instante en vender mi alma al diablo por volver a tener la oportunidad de disfrutar de esa existencia plena de ambos, y que conste, que no creo que el diablo exista, como no existe ese dios del que tantos hablan y sólo sirve para que, en momentos como estos, los no creyentes lo maldigan aún sabiendo que no existe y los creyentes justifiquen con ese absurdo y manido “Dios lo ha querido así” la más terrible de las desgracias que alguien pudiera imaginar. Pues no, vuestro dios no lo ha querido así, si vuestro dios existiera no podría querer algo así jamás, ni en el peor de sus días… y es por eso que tengo la certeza de que ese dios no existe, aunque desde pequeño intentaron convencerme de que estaba ahí, sobrevolando, y aún hoy, sigo recordando discusiones al respecto con mi propio padre, que llegó a ponerme de nombre Jesús, pero que fué para mí, sin duda, el referente moral y humano que no podrá ser dios alguno jamás.

Mi hijo nació cuando yo tenía casi 50 años y María rondaba los 40 y, claro está, se convirtió, evidentemente, en hijo único desde aquel preciso instante, por una cuestión de edad, aunque, realmente, estaba condenado desde mucho antes de nacer a no tener la fortuna de tener hermano nunca, por mi histórica indecisión a dar rienda suelta a mis deseos de disfrutar de la paternidad…creo que, precisamente eso, no le hizo nada bien a Manuel…mi único hijo…

María se había quedado embarazada sin esperarlo, según ella por un desliz, aunque yo siempre tuve la sensación, casi certeza, de que un día llegó el momento en el que ella pensó que no daría más pábulo a mis miedos absurdos y tomó la decisión, creyéndola sin duda acertada, de quedarse embarazada sin contar con mi consentimiento expreso y, por tanto, engañandome, consiguiendo, eso sí, que ambos hiciéramos realidad nuestro añejo deseo de ser padres, que había sido frenado durante demasiado tiempo por mi cabeza incontrolable, hasta casi no llegar a tiempo de que la naturaleza nos lo permitiera.

María, no dudo que también sin quererlo, eligió un mal día para darme tan inesperada noticia, el mismo en el que, tras casi veinticinco años trabajando en la misma empresa, acababan de despedirme y yo estaba masticando la forma en la que podía decírselo sin traspasarle a ella toda la ansiedad que eso me producía o, al menos, paliar un poco el golpe.

Teníamos una hipoteca como protagonista principal de nuestros gastos mensuales que impedían siquiera imaginar cómo podríamos afrontar el futuro, máxime en aquella época en la que perder el empleo en este país era una sentencia casi de por vida, tuvieras la edad que tuvieras, porque el capitalismo y sus miserias, unido a la casta de sinvergüenzas que habíamos encumbrado a las altas esferas de nuestra sociedad, habían hecho de España un lugar sin futuro alguno para la mayoría y, por supuesto, mucho menos para los niños que nacían por aquel entonces, porque no había esperanzas de que levantáramos cabeza en décadas…motivo que acentuaba mi rechazo a la paternidad…

Ese día María se me adelantó con la buena nueva, y la unión de ambas noticias hizo, de un momento teóricamente feliz, uno de los peor recordados de mi vida, bueno, uno de los peor vividos, porque ahora creo saber saborear, nunca es tarde, la felicidad que aquella mañana no supe digerir y se me atragantó durante los siguientes 9 meses y 30 años, hasta hace hoy justo 365 días…

El embarazo fue duro, muy duro, porque el trabajo seguía sin aparecer, a pesar de mi empeño diario y, mientras María engordaba y se ponía cada vez más pesada, en todos los sentidos, nuestra relación se deterioraba rápidamente, porque yo cada vez me sumergía más en una enorme depresión, inevitable resultado del cóctel terrible que surgía por las distintas sensaciones, todas negativas, sobre el futuro que nos esperaba a partir de pocos meses después, sobre todo al pequeño Manuel…

Afortunadamente, aunque en ese momento no supe verlo, como tantas otras cosas que ahora sí veo, no hubo ningún problema físico durante ese período y Manuel fue creciendo en el interior de María todo lo bien que se supone que tenía que crecer, aunque ahora también sé que ese bienestar era ficticio, porque el malestar exterior le afectaba tanto que lo dejó marcado de por vida…

Manuel nació, eso sí, en un precioso día de la primavera del año siguiente, e iluminó nuestras vidas, aunque estuvimos…o mejor, estuve, ciego para ver eso durante treinta años.

El día del nacimiento todos estaban radiantes, María tenía iluminada su mirada, como nunca antes, desde el momento en que le pusieron a Manuel sobre su pecho, aunque entonces tampoco supe entender muy bien el porqué, ya que yo, que creía estar contento, no podía evitar pensar que sería incapaz de alejar a aquella hermosa criatura de las garras de mis miedos infundados…

Ya me costó muchísimo entrar al paritorio en aquella soleada mañana de Abril y sólo acabé asistiendo al parto casi obligado, ya que mi suegra, que era la persona que yo había consensuado con mi cobardía para sustituirme, ese día estaba tan emocionada ante la llegada de su primer nieto que era incapaz de hacer nada a derechas y decidió, más bien, decidimos, que no entrara porque iba a servir de poca ayuda a María, aunque yo mismo tampoco ayudé demasiado, incapaz durante todo el maravilloso momento, ahora sí entiendo que fue maravilloso, de librarme de mis pensamientos negativos recurrentes que me susurraban al oído que, de un momento a otro, algún cordón umbilical rebelde o cualquier otro inconveniente inesperado convertirìa aquella mañana primaveral en noche oscura y tormentosa…de nuevo, no hace falta ser demasiado perspicaz para saber que nada de eso ocurrió, Manuel llegó al mundo con un llanto contundente que pronto se tornó en tímida sonrisa y que era la muestra más clara y evidente de que los vaticinios de su papá tan sólo servían para joder los mejores momentos de los que éste debió disfrutar a lo largo de su vida…

La relación entre mi hijo Manuel y yo fue desde un primer momento contaminada por una superprotección extrema que siguió siendo terriblemente dañina para mí y lo fue para él hasta el punto de marcarlo de por vida…

Mientras fue pequeño fui incapaz de disfrutar como hubiera debido de ningún momento con él, turbado siempre por la idea de que, cada vez que tenía la sensación de felicidad plena por su mera existencia, acababa pensando que algo terrible ocurriría que rompería aquella idílica situación…en cierto modo ocurre como con las hormigas, que parece que acabaron su trabajo, que ya nunca volverían a aparecer y, sin embargo, cuando más tranquilo y relajado estás sabiéndolas lejos, en la oscuridad de su hormiguero…zas!!, aparecen de la nada formando disciplinadas una escrupulosa fila de marcado carácter militar para comenzar de nuevo su idilio con los restos de migas que creí, ahora veo que equivocadamente, no habían vuelto a caer…debe ser que la torpeza de mis manos a esta edad hace demasiado complicado el llevar todo el pan dentro de la boca, que mis castigados ojos dan ya sus últimos coletazos de visión nublada, colaborando desinteresadamente con la clandestinidad del tenaz ejército de hormigas que, sólo se hace visible, gracias a la sensibilidad extrema de mis piernas, cansadas pero atentas…

Ese cosquilleo por mis pantorrillas me devuelve al recuerdo de la infancia de Manuel cuando, en su natural afán por pasar del gateo a sus comienzos bípedos, se agarraba con sus manitas a esa misma zona de mis piernas, buscando desesperadamente el punto de apoyo firme que yo nunca pude ser para él…sólo en esos primeros años le sirvió mi debilidad como sostén, porque no necesitaba demasiado para crecer, la naturaleza hacía el trabajo por mí…luego, cuando fue madurando y haciéndose un hombre, yo, con más pena que gloria, y el corazón perdiendo batallas con la cabeza un día sí y otro también, hice lo que pude para ayudar a crecer a aquel muchacho lejos de la ansiedad continua por el futuro y el desperdicio del presente que marcó mi vida, la de mi padre y la del abuelo…y creo que, mal que bien, se consiguió, lo conseguimos, seguramente por la propia naturaleza de Manuel, ya que todos somos seres diferentes, únicos, y él nunca fue como yo, pero lo conseguimos, creció y se multiplicó…dándome la posibilidad de ser abuelo justo en el momento en el que, el pesar de los años, mi falta de lucidez y, porqué no decirlo, mi poco futuro, hacía más fácil que me preocupara únicamente por disfrutar el presente…algo que no hice nunca…

…las hormigas se han vuelto a marchar a sus aposentos…

…abro los ojos, parece que me quedé dormido, creo que estuve soñando con él…y mis culpas…miro el reloj, ese cuyas agujas giran lentamente como queriendo evitar llegar al final, ese que yace junto a la mancha de humedad en la que veo reflejada mi vida, ese que se acerca a la hora en la que teníamos costumbre de comer en casa, cada día, los tres juntos… la misma hora en la que hace 365 días un hijo de puta borracho me arrancó un trozo de mí, de cuajo, sin avisar, sin preguntar, empeñado en hacer recta una curva cerrada, como yo me empeñé durante años en hacer curva y complicada mi existencia y, con ella, la de mi hijo y su mamá…

Ahora que ando cerca de cumplir los 81 años a los que jamás se acercaron ni de lejos mis aspiraciones de vida, en las que basé mi existir, anteponiendo la preocupación a la ocupación y, por tanto, dejando de disfrutar cada segundo como si, efectivamente, no volviera jamás…ahora, creo que soy feliz…porque ando seguro de saber hacer comprender a mi nieto, desde los primeros momentos de su existencia, que no debe desperdiciar nada de lo que la vida le regale, que debe respirar y masticar cada momento sabiendo que no habrá otro igual y, sobre todo, hacer felices a los que le rodean siendo feliz él mismo porque, por mucho que nos empeñemos en complicar el futuro, es el instante presente el único que se vive, no hay futuro, sólo existe el presente, y hay que aprender a disfrutarlo, como yo lo hago ahora, empeñado en, ahora sí, verle crecer y que él vea crecer a su abuelo, más allá de esta absurda silla de ruedas en la quedé postrado hace 365 días…