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El vaivén de la puerta no les distrae.
Todos parecen estar conformes con sus ausencias conscientes.
Derraman las últimas neuronas del viernes en esta barra de bar.
La madera gastada por el roce de los codos que sirvieron de complemento y punto de apoyo hacia el ridículo equilibro de los que se empinaron para beber cada sorbo,
es testigo cruel e inequívoca del paso del tiempo.
Mi necesidad de evacuar lo que beberé en el futuro más próximo me lleva al rincón menos amable del recinto amurallado que nos protegerá en los próximos minutos, u horas, quien sabe.
Sólo son unos segundos, el depósito estaba aún en reserva y espera ansioso el repostaje al que le vengo a invitar.
No hay duración determinada ni me siento capaz de repetir el arco que dibujó el esperpento, pero hay algo recurrente, en el epílogo siempre me topo con el secador de manos.
Entiendo que no adorna la paciencia la lista de mis minúsculas virtudes, pero nunca fui capaz de agotar el intervalo que va entre el pulsar el botón de humedad perenne que provoca la tempestad, hasta el momento en el que llega la calma.
Ante tremenda disyuntiva siempre elijo secarme las manos en el pantalón.
O quizá, si en vez de viernes me pilla en lunes, mi capacidad de reacción menos mermada me lleve al servilletero.
Pero es pronto para ocupar la mesa con papeles poco útiles para el transcurrir de la obra.
Al fin y al cabo, todavía no sabemos qué vamos a comer y sólo estamos bebiendo una primera cerveza en defensa propia.