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(Carta abierta a los trabajadores de la RTVA)

Seguro estoy de que poco recordáis ya “las campanadas”, pero este lunes se materializa el segundo robo.
El primero iba disfrazado y comenzó hace casi dos años.
Los ladrones de guante blanco cumplen sus designios y culminan su obra.
Me roban a mí, pero también meten la mano en todos y cada uno de vuestros bolsillos.
No debéis olvidarlo nunca.
Yo no pienso hacerlo.
Mirar para otro lado tampoco os servirá.
La justicia lo ha hecho conmigo y así nos va.
Es cuestión de clases.
Tan sencillo y tan triste.
Llevo veinte años aquí y nadie encontrará una mancha en el camino.
Muchos sois los que me conocéis y sabéis tanto de mis defectos como de mis actitudes y aptitudes.
Paradojas del destino, algunos negligentes me juzgaron y condenaron a mí por negligente.
A mí, que repleto de errores cotidianos de pensamiento y acción, jamás nadie podrá encontrar negligencia alguna en mi proceder, ni profesional ni, sobre todo, humano.
Jamás.
Eso se llevan mis hijos.
Eso les faltará siempre a los hijos de otros.
Más de un año de baja. Más de dos años repletos de insomnio que llega hasta hoy y amenaza con quedarse.
Demasiadas lágrimas que ahogaron un camino lleno de curvas y un daño irreparable que me trascendió.
Pesadillas infantiles que ven a un padre condenado.
Gente que me quería y se fue sin saber nunca el resultado final de su esperanza.
Ilusos, como yo, confiaban en la justicia.
Eso sí, al menos la muerte les limitó el sufrimiento.
Los responsables de todo esto tienen nombres y apellidos.
Habitan aquí y todos los conocéis.
Hoy siguen buscando resquicios para hacerme pagar la osadía de mirarles a los ojos.
Pero yo sigo en pie, a pesar de que los “Hechos probados” me dieron por muerto.
Esa es la justicia que nos abriga.
La misma que elevó a verdades, mentiras contrastadas, y consintió que pagara dos veces por lo que nunca hice, pateando el Derecho Romano y su “Non bis in idem”.
Es cierto que la suerte tampoco ha estado de nuestra parte.
Supe por ellos del odio, pero hoy no les deseo sufrimiento alguno que no les corresponda.
Les deseo simplemente que la vida los coloque donde merecen.
Tan sólo eso.
Y que yo lo vea.

Salud y libertad.

Antonio José Fernández Amuedo, 17 de febrero de 2017