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Ayer murió el poeta de un infarto fulminante y a mí me temblaron las rodillas.
Volví a mirarme en el espejo recurrente de los miedos que vacían lentamente el reloj de arena.
Hoy amanecí en pleno desierto y salí a deshojar pétalos.
Al volver, ví unos labios que serían, si quisieran, el oasis perfecto.
Aún no sé si fue un sueño. 
Pero el poeta ya no está.

(A Nacho Montoto)